Historia
25 de oct de 2026
Las protestas en Francia se extienden de las escuelas a las batallas callejeras mientras Macron enfrenta una crisis más amplia
Los manifestantes ven un pacto que se derrumba en torno a las escuelas, los servicios públicos y el costo de vida, mientras el gobierno presenta la violencia como una amenaza a la seguridad que debe contener. Macron también está respondiendo a figuras extranjeras que han utilizado los disturbios para impulsar sus propios argumentos sobre migración y gasto público.
Los disturbios comenzaron el mes pasado en los suburbios de París, donde estudiantes de secundaria protestaron por la escasez de profesores y las malas instalaciones. Pronto se convirtieron en algo mucho mayor: una expresión nacional de ira por la desigualdad, el costo de vida, los servicios públicos y el liderazgo político.1
Para el primer fin de semana de grandes disturbios, las multitudes pacíficas quedaron eclipsadas en algunas ciudades por incendios provocados y saqueos. Las autoridades se prepararon para una repetición, aumentando considerablemente la seguridad antes del sábado siguiente, cuando el movimiento volvió a las calles.
El segundo fin de semana reunió a unas 410.000 personas en toda Francia. En París, la policía utilizó gases lacrimógenos y cañones de agua contra unos 500 jóvenes encapuchados acusados de lanzar piedras. En Marsella, grupos bloquearon carreteras con láminas de metal, incendiaron contenedores y arrojaron piedras y botellas; la policía dijo que dos joyerías fueron saqueadas después del anochecer. Los enfrentamientos también afectaron a Lyon, Burdeos y Grenoble, aunque se informó que la violencia fue menos grave que la semana anterior.1
La respuesta del gobierno se ha desarrollado en un contexto financiero cada vez más deteriorado. El rendimiento de los bonos franceses a 10 años superó el 5%, su nivel más alto en décadas, mientras los analistas advirtieron que unos disturbios sostenidos podrían dañar la confianza justo cuando el Parlamento tiene dificultades con la consolidación fiscal. Mehdi Fadli, de Morningstar, afirmó que las protestas prolongadas podrían «seguir lastrando la confianza de los hogares y las empresas», agravando la presión sobre la economía y las finanzas públicas.2
Macron ha tratado de resistir otra interpretación de la crisis: la promovida en el extranjero como prueba de un desorden impulsado por la inmigración. Condenó los comentarios extranjeros que calificó de «inaceptables» y «estúpidos», incluyendo explícitamente a Donald Trump, quien culpó a «migrantes, yihadistas y comunistas».2 Elon Musk, por su parte, amplificó una afirmación de que el gasto público francés equivale al 57% del PIB, presentando los disturbios desde una óptica fiscal, en lugar de social.
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Con el sindicato estudiantil UNEF y los Chalecos Amarillos convocando nuevas movilizaciones, Macron ha prometido que no habrá repetición de la violencia. Sin embargo, la disputa ya no se refiere únicamente a controlar la próxima marcha; se trata de quién logra definir qué significa la ira de Francia.